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Las expectativas, o como morir joven

La imaginación es una herramienta poderosa, pero generar expectativas sobre las cosas y personas, y creer que deben cumplirse, puede generarnos frustración e ira.

Las expectativas, enemigas de lo que es

Hay personas que son muy de proyectarse en el pasado, otras muy de proyectarse en el futuro (entre las que me incluyo), otras que han logrado un equilibrio más o menos «digno» entre ambas (una mayoría decreciente, me temo) y otras que disfrutan del presente en sumo grado (una minoría muy minoritaria).

Las que nos proyectamos con mucha frecuencia en el futuro, solemos experimentar emociones como miedo, frustración, impaciencia, insatisfacción… y la famosa ansiedad.

Una de las formas más comunes de imaginarnos el futuro, y seguramente no la peor, es a través de las expectativas.

¿Qué son las expectativas?

Uno de los problemas del lenguaje, con el que tengo una relación de amor-odio (como con casi todo), es que, cuando queremos entender algo, buscamos la palabra, su significado, y nos damos por satisfech@s.

Mi perro Tao, por mucho que pasemos día tras día por el mismo sitio, siempre va a curiosear y olisquear por el cesped, arbustos y farolas cercanas. No da nada por sentado, por hecho. Sabe que siempre puede descubrir algo nuevo, y que cada día nace a través de un nuevo amanecer, que deja atrás lo que fue y se abre a lo nuevo.

Yo, en cambio, todo lo que veo, enseguida lo registro, lo etiqueto como algo conocido y sigo. Así, voy como un robot identificando objetos ya conocidos (camino, sol, nubes, carretera, paso de cebra, columpios, etc.) y pasando de unos a otros. Es muy raro que me detenga un buen rato a observar un arbusto, una flor, un jardín, o incluso el amanecer.

Preguntar qué son las expectativas, por tanto, puede parecer estúpido, pero, cuando te genera malestar, sin duda una de las cosas más eficaces que puedes hacer es pararte a pensar un rato qué ha sido realmente lo que has pensado y hecho para acabar con frustración, enfado o una discusión.

Las expectativas son, normalemente, situaciones imaginadas sobre lo que debe ser una persona, una cosa, una institución, un ente abstracto… Es, para que nos entendamos, algo desconocido sobre el presente o futuro visto con la gafas del ego. Es decir, no lo que es, sino lo que nosotros creemos que debería ser.

La insatisfacción, un arma de doble filo

Y, ¿qué obtenemos con ello? ¿Con pensar que algo debe ser como lo proyecta nuestra cabecita? Pues, con mucha asiduidad, insatisfacción. Lo cual no tiene por qué ser malo, si no nos instalamos en ella. Porque, es cuando nos instalamos en ella, cuando aparecen la frustración y la impotencia. Y éstas no suelen ser buenas compañeras de viaje. Si nos dejamos arrastrar por ellas, podemos convertirmos en personas cabreadas con la vida. Con la gente de nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestro país, el mundo mundial… Un@s amargad@s, vaya.

Pero, cuando la ponemos al servicio de la mejora de nuestro bienestar y el de los demás… todo cambia. Ya no seremos gente amargada, ni nos erigiremos en las únicas personas lúcidas que ven todo aquello que está mal y que los demás parecen no ver. No. Muy al contrario, podremos ser agentes de cambio sereno, disfrutones, apasionados… y desapegados. Desapegados de los resultados.

Y, además de todo eso, de forma un poco contraintuitiva, nos convertiremos también en personas mucho más eficaces. Ya no iremos luchando contra todo, sino aprovechando lo que la vida nos ofrece en cada momento. Que para tod@s los que vivimos en países desarrollados (tecnologícamente, porque de otras cosas…) es inmenso, casi infinito.

No nos pasemos los días enfadados y criticando lo que podría ser (o sí, pero «disfruta» de los resultados), y centrémonos en lo que la vida nos ofrece en cada momento. Para poder así estar receptiv@s, atent@s… En definitiva, para sentirnos viv@s. Pues sólo los muertos son aquellos que no pueden disfrutar de la realidad.

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