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¿Eres realmente perfeccionista?

Debido a nuestro culto al lenguaje, los conceptos y el razonamiento lógico, hemos llegado a creernos que la interfaz con la que vemos el mundo es la realidad. Pero es sólo una interfaz, como van demostrando hallazgos recientes a nivel científico. Si no eres consciente de esto, aparece la alienación con lo es y los problemas que de ahí se derivan.

El ser humano y el lenguaje

El lenguaje es maravilloso. Nos permite comunicarnos, avanzar técnica y tecnológicamente, crear historias, describir cosas… Es difícil imaginarse como era el ser humano antes de desarrollar el lenguaje, ¿verdad? Nos vemos tan diferentes del resto de animales, que nos es difícil imaginar nuestra forma de ser tan parecida a la suya.

Pero claro, una cosa es creer que el lenguaje sea algo extraordinario, algo muy especial, y otra cosa es rendirle culto supremo. Y, al parecer, en esas estamos much@s de nosotr@s. Las palabras, los símbolos, las ideas, han adquirido más importancia que la realidad. ¿Dónde empieza y dónde acaba un árbol? ¿Dónde lo hace una especie animal y dónde empieza otra? ¿Qué son términos como capitalismo, comunismo, sociedad? ¿Cómo se relacionan estos términos con la realidad, con el universo de materia y energía (conceptos nuestros, también) que hay ahí fuera? Nosotros hemos decidido todo esto. Ni el bing-bang, ni Dios, ni el cosmos. Nosotros, nuestra mente.

El lenguaje y la realidad

Hasta aquí, más o menos, ningún problema. Pero, ¿realmente sabemos diferenciar nuestro lenguaje de la realidad? ¿O le rendimos culto absoluto, como indicaba antes? ¿No nos reímos y menospreciamos la experieriencia de la realidad del bebé recién nacido, que no interpreta esa realidad con palabras? Puede que no hagamos esto, pero sí consideramos que a esa personita le falta evolucionar, aprender, convertirse en una persona funcional. Y en ese proceso, por supuesto, está el aprendizaje del lenguaje.

Y, bueno, tiene sentido, ¿no? Al final, para moverse por este mundo, tienes que aprender a utilizar el lenguaje y un idioma, al menos. El problema es confundir el medio con el fin, el taladro con el armario. Nuestros objetivos, nuestras metas, no se basan en la realidad, siempre cambiante, interrelacionada, impredecible. No. Se basan en ideas fijas, estancas, y por tanto muertas e incompatibles con la vida, con la realidad.

Relacionamos palabras y símbolos con situaciones pasadas o futuras: promoción, ascenso, reconocimiento, respetabilidad, estabilidad política, riqueza, etc. Y también, como no, para definirnos: amable, tozudo, entusiasta, tranquila, perfeccionista, autoexigente… Y de esta manera logramos fortalecer el «yo». Algo permanente y separado de lo demás. Y por tanto, algo que debe defenderse del resto. De manera que creamos confrontación con todo lo demás.

Pero como esto nos causa temor y culpa, y no queremos aceptar estos sentimientos, establecemos ideales para arreglar esas tendencias egocéntricas y egoistas creadas por nuestra propia mente: perfeccionismo, autoexigencia, generosidad, lucha por un ideal noble, etc. De manera que creamos el problema, y para escapar de él, creamos también la solución.

La búsqueda del ideal

Pero esta solución, al igual que el problema, son ideas, palabras, símbolos. Estancas, separadas, muertas. Y, por tanto, por mucho que afinemos, nunca podrán describir la realidad con fiabilidad y eficacia. Así, establecemos ideales como erradicación de la pobreza, sostenibilidad medioambiental, salud corporal y mental, igualdad social, distribución equitativa de la riqueza, etc. Ideales nobles, que persiguen objetivos nobles. Pero, inevitablemente, alejados de lo que es y que nunca podrán describir 100% ninguna realidad. Pasada, presente o futura.

De la misma manera, nos etiquetamos como perfeccionistas, alt@s, list@s, guap@s o inteligentes. Y, de nuevo, describimos con una idea una realidad cambiante. Y creemos que la idea es la realidad, y la ponemos por delante de ésta.

Y así comenzamos y perpetuamos la carrera en la rueda del hámster, con la lucha entre lo es y lo que creemos que debería ser y estancando nuestra psicología con etiquetas fijas, lo cuál requiere mucho esfuerzo. Pues se trata de una lucha constante entre nuestra mente y la realidad dinámica. Lo damos todo haciendo frente a la realidad gracias a nuestro arsenal de arquetipos, idealizaciones, símbolos, útopias…

De ahí que, como dicen los místicos, intentar que la mente arregle los propios problemas que establece la mente es como intentar lavar sangre con más sangre. Si somos nosotros lo que nos hemos identificado con un cuerpo y una mente, y somos nosotros los que queremos aumentar nuestros ingresos, mejorar nuestra salud, tener mayor seguridad física y económica (cuanta más mejor), ¿cómo no vamos a generar confrontación con el resto? ¿Cómo no vamos a estar temerosos de que nos ocurra algo, a nosotros o a los nuestros? Así que intentamos parchearlo a través de tal ideología socioeconómica, a través de tal institución, la bebida, la hiperactividad o cualquier cosa que nos mantenga entretenidos o creyendo que estamos en el camino de arreglar los problemas.

Y cuando nada de eso te sirve, nuestro propio sistema peta y aparecen los trastornos mentales o psicosomáticos. Por eso mi recomendación es que dejes de buscar el ideal propio o ajeno, y te centres en comprender todos estos procesos. Sin juzgar, sin justificar y sin parchear. Esto último en la medida de lo posible, poco a poco y con la ayuda que necesites. Sin autoexigencias. De ahí, de esa comprensión, ya saldrán las acciones que tengan que salir. Tranquil@, no te vas a convertir en una ameba ni te vas a morir de inactividad.

No estás sól@. Nunca lo estuviste. Un abrazo 😊.

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2 respuestas a «¿Eres realmente perfeccionista?»

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